Por Florencia Picasso, María José Alonsopérez, Rossana Cantieri, y Cristina Jorges, Centro Universitario Regional del Este (CURE) -Universidad de la República, Uruguay y MICARE, Chile.
Durante décadas, el turismo ha sido analizado principalmente por su capacidad para generar empleo, dinamizar economías locales y transformar territorios. Estudios anteriores han analizado a fondo la relación entre la actividad turística, el crecimiento económico y los mercados laborales, lo que ha demostrado que el turismo contribuye de manera significativa a la creación de empleo en distintos destinos (Južnik Rotar, Gričar y Bojnec, 2023; Nguyen et al., 2025). Sin embargo, desde una mirada crítica, la actividad turística también está atravesada por relaciones sociales, políticas, ambientales y territoriales que exceden sus efectos estrictamente productivos. Esta perspectiva crítica propone prestar atención a las relaciones de poder, las desigualdades y los procesos de desarrollo que estructuran la actividad turística (Bianchi, 2009). En este marco, existe una dimensión menos visible, aunque fundamental: su relación con los cuidados. Abordar el turismo desde esta perspectiva implica preguntarse quién sostiene la vida cotidiana en los destinos turísticos, quién cuida los bienes comunes y el entorno, y cómo la actividad turística reorganiza estas responsabilidades. Desde la economía feminista, estas preguntas permiten desplazar la atención hacia los trabajos y relaciones que hacen posible la reproducción de la vida y que, con frecuencia, permanecen invisibilizados frente a las lógicas económicas dominantes (Carrasco, 2016; Pérez Orozco, 2014).
El turismo comunitario ha sido planteado como una alternativa a modelos convencionales de desarrollo turístico, en tanto procura otorgar un papel central a las comunidades en la organización, gestión y distribución de los beneficios derivados de la actividad. La participación de las comunidades en la planificación y gestión turística constituye una dimensión central de este enfoque, especialmente cuando se busca fortalecer su capacidad de decisión sobre los procesos que afectan sus territorios (Leiva Alpízar, 2022). En este sentido, la participación, la organización colectiva y la gestión de recursos comunitarios constituyen dimensiones relevantes de este tipo de iniciativas. Esta perspectiva resulta compatible con una concepción del territorio en la que los recursos, los vínculos y las prácticas comunitarias son sostenidos mediante relaciones de cooperación y responsabilidades compartidas. En este marco, la noción de bienes comunes permite pensar no solamente en recursos materiales, sino también en espacios, relaciones y prácticas cuya reproducción depende de la acción colectiva (Federici, 2012; Picasso et al., 2024).
No obstante, asumir que el turismo comunitario genera automáticamente bienestar colectivo sería una simplificación. La organización de la actividad turística también implica nuevas demandas de trabajo, mayor presión sobre los recursos y una redistribución de responsabilidades que no siempre ocurre de manera equitativa, en ese sentido se ha señalado que el turismo comunitario puede consolidar roles domésticos de las mujeres en lugar de empoderarlas (Alonso Fernández y De la Cruz, 2021). Las tareas necesarias para sostener la actividad -como la limpieza, la preparación de alimentos, la atención a visitantes y el mantenimiento de los espacios comunes- pueden superponerse con los cuidados cotidianos que garantizan la reproducción de la vida. Desde la economía feminista, precisamente, se ha señalado que las actividades productivas dependen de trabajos de reproducción y cuidado que históricamente han sido invisibilizados y distribuidos de manera desigual según el género (Carrasco, 2016; Pérez Orozco, 2014). En experiencias comunitarias, además, el sostenimiento cotidiano de las iniciativas puede apoyarse en redes, vínculos y prácticas de cuidado colectivo, aunque esto no implica necesariamente una distribución equitativa de las responsabilidades (Picasso et al., 2024).
Desde esta perspectiva, el concepto de cuidado permite visibilizar trabajos que tradicionalmente han permanecido fuera de las mediciones económicas convencionales. Siguiendo a Carrasco (2016), la economía feminista cuestiona la centralidad otorgada al mercado y propone situar la sostenibilidad de la vida como un eje fundamental del análisis económico. En una línea similar, Pérez Orozco (2014) plantea la existencia de un conflicto estructural entre la lógica de acumulación económica y las necesidades de reproducción de la vida, mientras que a partir de la ética del cuidado, feministas y ecofeministas latinoamericanas destacan la ecodependencia e interdependencia solidaria frente a estas lógicas (Di Paula, 2025) . Estas perspectivas permiten comprender que las actividades productivas no se desarrollan de manera independiente de los trabajos de cuidado, sino que dependen de una infraestructura cotidiana, muchas veces invisibilizada, que sostiene tanto a las personas como a los territorios. En este sentido, la reproducción de la vida constituye una dimensión fundamental para comprender las relaciones económicas y sociales que atraviesan los territorios (Carrasco, 2016; Pérez Orozco, 2014).
Esta realidad no invalida el potencial transformador del turismo comunitario, sino que invita a analizarlo con mayor profundidad. Los cuidados no son un efecto secundario del turismo, sino una condición indispensable para su funcionamiento. Sin personas que preserven los ecosistemas, mantengan las infraestructuras comunitarias, resguarden el patrimonio cultural y sostengan la vida cotidiana, difícilmente cualquier iniciativa turística podría mantenerse en el tiempo. A su vez, cuando promueve la cooperación, la gestión compartida de los bienes comunes y una relación respetuosa con el entorno, el turismo puede contribuir a fortalecer prácticas colectivas de cuidado. La experiencia de organizaciones comunitarias analizada por Picasso et al. (2024) muestra precisamente la importancia de las redes, los vínculos, la solidaridad y el cuidado comunitario para sostener procesos colectivos y condiciones de reproducción de la vida. En este sentido, la construcción de lo común permite pensar formas de organización social en las que el bienestar colectivo y la reproducción de la vida ocupan un lugar central (Federici, 2012; Picasso et al., 2024).
La relación entre turismo y cuidados también puede analizarse desde la posibilidad de acceder al descanso y al tiempo libre. Si las actividades turísticas dependen de una amplia red de trabajos de cuidado, resulta necesario preguntarse quiénes pueden realmente disfrutar de las vacaciones, viajar y hacer uso de los espacios destinados al ocio. Las responsabilidades de cuidado no desaparecen durante los períodos de descanso y pueden limitar las posibilidades de disfrute de quienes las asumen, especialmente cuando estas tareas se encuentran distribuidas de manera desigual. El análisis de Alba Sud sobre las personas cuidadoras plantea precisamente la problemática de las dificultades para acceder a períodos efectivos de vacaciones y descanso cuando las responsabilidades de cuidado continúan presentes (Alba Sud, s. f.). Esta cuestión permite ampliar la mirada sobre el turismo: no se trata solamente de analizar quiénes trabajan para que otros puedan disfrutar de sus vacaciones, sino también de preguntarse quiénes tienen efectivamente derecho al descanso y al disfrute turístico. Desde esta perspectiva, el acceso al ocio y al descanso puede ser comprendido como una dimensión vinculada a la justicia social y a la distribución desigual del tiempo (Carrasco, 2016; Pérez Orozco, 2014).
Pensar el turismo desde el paradigma de los cuidados implica, por tanto, desplazar la atención desde los indicadores exclusivamente económicos hacia las condiciones que hacen posible sostener la vida en los territorios. La sostenibilidad del turismo dependerá no solo de su rentabilidad o de su capacidad para atraer visitantes, sino también de cómo contribuya a distribuir de forma más equitativa las responsabilidades del cuidado, fortalecer los vínculos comunitarios y preservar los ecosistemas. En este sentido, la economía feminista ofrece herramientas para cuestionar la división entre producción y reproducción, mostrando que ambas dimensiones se encuentran profundamente articuladas (Carrasco, 2016; Pérez Orozco, 2014). Esta mirada también permite reconocer que la sostenibilidad de la vida constituye una dimensión multidimensional que involucra reproducción, trabajo y cuidados, y que no puede reducirse a los indicadores económicos convencionales (Carrasco, 2016).
Para Sanchís (c.p. Baththyány, 2022), los cuidados socio-comunitarios, que pujan por el bienestar colectivo, sostienen también una dimensión emocional, de redes, vínculos, afectos y contención; una dimensión material (trabajo), otra cultural (reproductora de saberes, formas de cuidados ancestrales, identidad colectiva) y la propiamente comunitaria (el entramado social complejo de cualquier territorio).
La perspectiva de lo común contribuye, a su vez, a comprender que el sostenimiento de la vida no depende exclusivamente de las instituciones públicas ni de las relaciones de mercado. Existen prácticas de cooperación, reciprocidad y organización comunitaria mediante las cuales las personas construyen respuestas colectivas frente a necesidades compartidas. El trabajo de Picasso et al. (2024) resulta especialmente pertinente en este punto, ya que aborda la construcción de lo común a partir de procesos colectivos y destaca el papel de la solidaridad, el cuidado comunitario, las redes y los vínculos sociales en la reproducción de la vida. Desde una perspectiva similar, Federici (2012) plantea la importancia de los comunes y de las prácticas colectivas frente a las formas de organización social centradas exclusivamente en el mercado. Estas prácticas permiten pensar los territorios como espacios en los que el cuidado constituye una responsabilidad social y colectiva, y no exclusivamente individual o familiar (Federici, 2012; Picasso et al., 2024). En el ámbito turístico, esta perspectiva puede contribuir a fortalecer modelos en los que la actividad sea gestionada de manera participativa y en los que los beneficios, las responsabilidades y los costos sean discutidos colectivamente.
En este mismo sentido, varias autoras observan más adecuado referirse a “redes de cuidado” en lugar de organización, haciendo mención a múltiples encadenamientos, interacciones, dinámicas de responsabilidades y tareas que se dan en el marco de los cuidados (Pérez Orozco, 2006, c.p., Batthyány, 2020). Más allá de la relación simple y binaria, la implicancia y el vínculo en esta temática de los cuidados, responde a diversas cuestiones, como las relaciones de género, las familiares y comunitarias, las interseccionalidades, las políticas públicas y otras relaciones más allá de la economía.
En esa tensión entre desarrollo y reproducción de la vida se encuentra uno de los principales desafíos para el futuro del turismo comunitario. Incorporar el paradigma de los cuidados supone reconocer que ningún destino turístico puede sostenerse indefinidamente si deteriora las condiciones de vida de las personas que lo habitan o si reproduce de manera desigual las responsabilidades necesarias para mantenerlo. Como plantea Bianchi (2009), una mirada crítica del turismo requiere atender a las relaciones sociales, económicas y políticas que estructuran la actividad, así como a las relaciones de poder y desigualdad que pueden quedar ocultas detrás de los discursos sobre desarrollo turístico. A su vez, las perspectivas sobre economía feminista y bienes comunes permiten comprender que la sostenibilidad no puede separarse de las condiciones materiales y comunitarias que hacen posible la reproducción de la vida (Carrasco, 2016; Federici, 2012; Pérez Orozco, 2014; Picasso et al., 2024).
Desde este enfoque, el desafío no consiste simplemente en hacer que el turismo sea más sostenible, sino en preguntarse qué formas de turismo contribuyen efectivamente a sostener la vida, los territorios y las relaciones comunitarias. Esto implica reconocer los cuidados como una dimensión central de la planificación turística y promover formas de participación que permitan distribuir de manera más justa los beneficios, las responsabilidades y la toma de decisiones. También supone reconocer que el derecho al descanso no puede pensarse al margen de la distribución social del tiempo y de las responsabilidades de cuidado (Alba Sud, s. f.; Carrasco, 2016). Un turismo verdaderamente sostenible debería, por tanto, considerar no sólo la conservación de los recursos y la viabilidad económica de los destinos, sino también las condiciones de vida de quienes los habitan y de quienes hacen posible, mediante su trabajo visible e invisible, que el turismo exista.
Referencias
Alba Sud. (s. f.). Las personas que cuidan, ¿cuándo hacen vacaciones? https://www.albasud.org/blog/es/1938/las-personas-que-cuidan-iquest-cuando-hacen-vacaciones
Alonso Fernández, M., & de la Cruz, E. (2021). La mercantilización de la comunidad. Problemas éticos del turismo comunitario. RECERCA. Revista De Pensament I Anàlisi, 26(1), 93–110. https://doi.org/10.6035/Recerca.2021.26.1.5
Battyány, K. (2020). Miradas latinoamericanas al cuidado. En Batthyány, Karina (Coord.) Miradas latinoamericanas a los cuidados. Buenos Aires / Ciudad de México: CLACSO – Siglo XXI Editores
Batthyány, K.; Katzkowicz, S.; Martelotte, L.; Perrotta, V.; Rulli, M. (2022) Informe de investigación sobre trabajo de cuidados integrales. Buenos Aires: CLACSO. Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.
Bianchi, R. V. (2009). The “critical turn” in tourism studies: A radical critique. Tourism Geographies, 11(4), 484–504. https://doi.org/10.1080/14616680903262653
Carrasco, C. (2016). Economía feminista: Una propuesta teórica para el análisis económico desde una perspectiva de género. Cuadernos de Relaciones Laborales, 34(1), 11–25. https://doi.org/10.5209/rev_CRLA.2016.v34.n1.52073
Di Paula, M (2025). Crisis hídrica y política de cuidados: estrategias comunitarias desde los ecofeminismos en el Municipio B de Montevideo. Revista de Ciencias Sociales, 38(56), 1-31. http://dx.doi.org/10.26489/rvs.v38i56.7e311
Federici, S. (2012). Feminism and the politics of the commons. The Commoner, 15.
Južnik Rotar, L., Gričar, S., & Bojnec, Š. (2023). The relationship between tourism and employment: Evidence from the Alps-Adriatic country. Economic research-Ekonomska istraživanja, 36(1). https://doi.org/10.1080/1331677X.2022.2080737
Leiva Alpízar, O. (2022). El investigador social frente a la planificación turística basada en la comunidad: Un balance desde la literatura académica. Turismo y Sociedad, 30, 191–209. https://doi.org/10.18601/01207555.n30.10
Nguyen, C. P., Bui, D. T., Nguyen, B. Q., & Tran, D. T. L. (2025). The effect of domestic and international tourism on economic complexity: a global perspective. Journal of Policy Research in Tourism, Leisure and Events, 1-20. https://doi.org/10.1080/19407963.2025.2531512
Pérez Orozco, A. (2014). Subversión feminista de la economía: Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Traficantes de Sueños.
Picasso, F., Berger, D., Correa, A., Elzaurdia, M., Rodríguez, G., & Cabrera, M. (2024). Mapeo de acciones para atender la emergencia alimentaria y social de Maldonado desde la perspectiva de las personas participantes de ollas populares y merenderos. Tekoporá. Revista Latinoamericana de Humanidades Ambientales y Estudios Territoriales, 5(2), 43–63. https://doi.org/10.36225/tekopora.v5i2.226
Picasso, F., Correa, A., Elzaurdia, M., Rodríguez, G. N., Cabrera, M., & Berger, D. (2024). Tensiones e hibridaciones teóricas en las ollas populares: Entretejiendo un marco de «lo común». Revista Reflexiones, 103(1).
